miércoles, 16 de noviembre de 2016

Presentación del libro KAN YAMA KAN de Nancy Sassón


PRESENTACIÓN DEL LIBRO
KAN YAMA KAN
DE NANCY SASSÓN
15 DE NOVIEMBRE DE 2016
JOSÉ HAMRA SASSÓN



 Antes de hablar del nuevo libro de Nancy Sassón Ancona, “Kan Yama Kan”, érase una vez (Las libretas de forro negro), me parece necesario, incluso con cierta urgencia, hacer una advertencia.  Resulta que la autora es mi madre.  La historia que Nancy Sassón desarrolla en esta novela es su historia familiar.  En este sentido, soy un lector privilegiado del libro.  O quizá, no.  Reconozco las trampas de la ficción en la realidad.  Escenas que sucedieron bajo otros nombres, tiempos o circunstancias.  Leo con una mirada sumamente prejuiciada y contemporánea la biografía ficcionada de la familia de Nancy Sassón en los primeros 60 años del siglo veinte.  Es un relato que inicia con puntos suspensivos en los barrios de Bahsita y Dyamiliye, en Alepo, Siria, y culmina con más puntos suspensivos a unas cuadras de aquí, en las calles de Querétaro y Orizaba de la colonia Roma.  Un relato donde la autora busca en las memorias de sus primeros años y también en las memorias de otros para revelar sus orígenes.
Así, esta presentación quizá se trate de uno de los retos más complicados a los que me he comprometido ya que la historia que se escribe en este libro no me es ajena.  Vamos, cruza sin cortapisas por mi propia intimidad como lector y como sujeto (en el supuesto que podamos separar estas dos condiciones).  Buena parte de la historia que nos presenta Nancy Sassón se desarrolla en espacios imaginarios como Alepo y Damasco en Siria; otros no tan imaginarios como Buenos Aires y Nueva York y, finalmente, en espacios del pasado casi reales que se encuentran en el Distrito Federal. 
Presentar el libro de mi madre en este espacio me resulta incluso inquietante considerando que a unas cuadras de acá, no muchas, me presento al menos un par de mañanas a la semana en el diván de mi psicoanalista.  Coincidencia o no, hace unos días un gran amigo, también psicoanalista lacaniano, me dijo cuándo lo invité a este evento: “no me quiero perder la presentación que un hijo hace de su madre”.  Lo padezco en carne propia.  Mientras leía el libro la imagen recurrente que me venía a la cabeza es el cuadro Mujer saliendo del psicoanalista de Remedios Varo; imagen donde una mujer parece desprenderse de uno de los fantasmas que teje, la conforman y revolotean su cabeza.  Subrayo el parece desprenderse
MUJER SALIENDO DEL PSICOANALISTA, 1960.
http://remedios-varo.com/
Una mirada incisiva no permite determinar si la mujer que sale del análisis está por soltar al vacío uno de sus fantasmas o simplemente lo sostiene, dejándolo colgado, posiblemente oreándolo.  Incluso, podría parecer que le está pasando el fantasma al otro que está presente y no se ve ya que es el que está mirando el cuadro. No conozco a nadie que presuma que alguna vez se “ha curado” en una experiencia psicoanalista.  Lo digo como usuario, y no como expertise.  Aquí retomo las palabras de Carlos Arturo Moreno de la Rosa: Jacques Lacan en su encuentro con la obra de Freud va a postular que la experiencia analítica tiene que ver con el re-conocimiento del propio deseo, y continúa la afirmación de que el psicoanálisis no cura, pero añade: “si llegara a haber una cura, sería curar de la ilusión”.
Esa es la clave que he encontrado en la lectura de Kan Yama Kan: el re-conocimiento del propio deseo.  Los personajes que ahí se dibujan, empezando por Saúl, son impulsados a cometer “locuras” a partir de seguir su deseo.  Es su deseo el que lo lleva a intentar romper, una y otra vez, con el yugo de “lo esperado por el otro”.  Hay un deber ser que se impone y sobre el cual las paradojas y las contradicciones florecen en el trascurso de la lectura.  El asunto está, me parece, en esta confrontación con el deber ser, con el deberse a las llamadas “raíces”, figura que más que apelar a un pasado en común, lo que hace es, diría Amin Maalouf; “enterrar al sujeto en el suelo”.  Escribe Maalouf: “Las raíces se retuercen entre el barro, prosperan en las tinieblas; tienen al árbol cautivo desde que nace y lo nutren a través de un chantaje: ¡si te liberas, te mueres!”.  Si no es de las raíces, ¿de qué nos podemos sostener?  Maalouf señala, en su propia tarea de construir una biografía familiar, que las personas, al igual que los caminos, tienen un origen: “un origen ilusorio, puesto que una carretera nunca empieza de verdad en sitio alguno […] origen inaprensible, porque en cada encrucijada se han sumado otros caminos que procedían de otros orígenes”. 
Más que un punto inamovible en el pasado, desde donde todo comienza, el origen es, escribiría en su momento Walter Benjamin, “un torbellino en el río del devenir, y entraña en su ritmo la materia de lo que está en tren de aparecer”.  Desde ahí podemos pensar en la ilusión de encontrar el origen de cada uno de nosotros.  Y Kan Yama Kan nos ofrece una respuesta en la búsqueda de Nancy Sassón por recontar parte de su historia en esta novela.  Recontarla desde el torbellino del origen, recontarla en la ilusión de darle orden a este devenir multicultural, complejo e inacabable.  La historia personal se escribe y reescribe en la medida que se sumerge en las aguas del río que propone Benjamin.  El origen, como sus futuros, es un devenir del presente.  Ambos tiempos, en su diversidad geográfica, se construyen aquí y ahora. 
Así, el título del libro, que en árabe la autora nos dice significa “érase una vez”, esconde el repliegue de los tiempos expuestos.  Justamente en una lectura multicultural, compleja y babélica del título podemos descubrir el aquí y el ahora.  Kan, en hebreo es “aquí”. Y Yama es homófona de “llama”, del verbo llamar en la tercera persona del presente.  Podemos leer entonces: Aquí, llama aquí.  El libro sitúa a los personajes de un pasado en el presente.  A algunos los invoca.  A otros los re-inventa.  Los proyecta aquí en una lectura que trasciende los tiempos y los muestra en el presente.  El “llama” homófono además es una invitación al lector en su conjugación como imperativo afirmativo en la segunda persona: “Tú, lector, llama a tus ancestros que te presento en estas letras”.  Es el paso del fantasma como estafeta de una generación a otra. 
Pero hay más.  En la homofonía propuesta, “llama” es también fuego, la zarza ardiente, perenne.  El pasado invocado que se hace permanente.  ¿Qué hacer con esos tiempos de los otros que no se disuelven?  ¿Qué hacer con los legados, con las herencias culturales? ¿Con las emocionales?  ¿Qué aceptamos y que no? ¿Cómo podemos desligarnos de lo que circunstancialmente portamos y no deseamos?  ¿Qué es lo que realmente nos pertenece en el aquí y el ahora, en el kan yama kan multicultural, complejo y babélico?
Por eso hablo de reconocer los orígenes en los caminos a recorrer.  Ahí reside el dilema perpetuo del personaje central, del sujeto sujetado a honrar y seguir con preceptos que tienden a cancelar otro tipo de posibilidades.  El deseo de Saúl expuesto en la atracción sexual y en “hacerla económicamente en la vida” evidencia un intento de rompimiento que no es posible del todo.  La culpa (sí, la maldita culpa) entra en juego y juega con un hombre que no se atrevió lo suficiente a liberarse de la asfixia de las raíces que lo jalan y hunden hacia el suelo.  Sí, Saúl se exilió, se desprendió de su tierra, Alepo, para pretender florecer.  Pero este migrante, fuera de su tierra, enraizó en la tierra que llevaba en la maceta.  Ahí su éxito, pero también su drama que Nancy Sassón recrea capítulo a capítulo. 
El lector que se acerque a Kan Yama Kan descubrirá un entrecruce de biografías, geografías, idiomas, palabras, sabores, aromas, músicas que indexan la diversidad de los orígenes.  Esa complejidad identitaria que se descubre en la escritura diversa y polifónica que Nancy Sassón hace al construir la historia de Saúl y los personajes que van apareciendo en su vida. 
Kan Yama Kan es un homenaje a los que ya no están y que nos trajeron acá.  Kan Yama Kan es un canto a los que estamos y estarán.  Los pasados fantasmagóricos son un homenaje en la diversidad permanente del presente.  Kan Yama Kan también trae consigo una postura política que puede servir para afrontar lo que se viene: estas identidades complejas que devienen de la multiplicidad de orígenes son un antídoto al discurso del odio que hoy se fortalece amenazante tras el ascenso del trumpismo. 

Lean el libro de mi madre, disfrútenlo y permítanse adentrarse al torbellino de los orígenes de Nancy Sassón Ancona.


sábado, 9 de julio de 2016

Café Turco

CAFÉ TURCO

José Hamra Sassón
Exsilium, julio de 2016

Suspendido en el tiempo, que no desborde.  Suspendido, inquieto.  Calor hasta al instante previo.  Llanto contenido.  Con la mirada cristalina apuntando al fondo.  Amargura asentada.  Intragable.  Intratable.  Asentada, presente.  Desechable y perpetua.  No, no hay presente.  Sacia el impulso de revolcarse en ella.  Amargura que se bebe.  Que repliega, atraviesa.  No endurece.  Perdura.  Se mantiene tristeza.

Amargura que no se lee para no despertar recuerdo ni pena.  Los profetas lo prohíben.  Desecha cualquier atisbo.  Erradícala.  Quizá así la mancha a la sangre ceda.  Escóndela tras tu sonrisa con la que dibujas nuestra dulce nostalgia.

Tantas veces te vi frente a la hornilla sin que me veas.  Un cigarro en la boca, el pocillo cobrizo, agua, una o dos cucharadas de amargura.  La remueves hasta que parezca que fluya.  Lágrimas hasta el borde de la mirada.  Las retiras.  Una y una segunda vez hasta que la pesadez se asienta en el fondo.  Alejar la amargura de la bulla aunque ésta insista.  Algo, un poco, pasa.  No siempre se puede.  Un vaso, soledad de uno, y el diario interminable que se repite sin ofrecer novedad alguna.

Bebes y fumas.

Trago tras trago tras trago.

Trastrago.

Trastrago…

miércoles, 9 de septiembre de 2015

Efeméride migratoria: 9 de septiembre de 1925.

EFEMÉRIDE MIGRATORIA: 9 DE SEPTIEMBRE DE 1925.

En un día como hoy, pero de hace 90 años, llegaron al puerto de Veracruz, procedentes de Alepo, Siria, Nissim y Nazli Sassón, mis abuelos maternos.

Junto con sus hijos Lola (Lili) y León, de tres y un año, respectivamente, migraron en 1925 buscando nuevas oportunidades y echaron raíz en México.  Su descendencia alcanza tres generaciones de mexicanos judíos de origen árabe (una orden de tacos de carne de res kósher aderezados con tjine podría ser una materialización culinaria de este orden identitario.  Sajtén).

Las identidades se construyen a pesar de las fronteras impuestas, las ideologías nacionalistas que se sostienen de ellas y los tiempos que simplemente se colapsan unos a otros en este instante sincrónico.

La efeméride no es gratuita en un momento como el actual: cientos de miles de sirios buscan refugio en los países vecinos y en Europa.  Huyen de la guerra, intentan salvar el pellejo.  Tras 90 años el “quizás” encuentra cierto alivio que no está exento de su propia tristeza.

La efeméride no es gratuita cuando nuestro país está marcado, entre otras cosas, por la sombra de Ayotzinapa.  La violencia se destila en un anhelo de democracia y libertades que no llegarán mientras se sigan cultivando fosas clandestinas y tolerando al régimen que las nutre.

La efeméride no es gratuita cuando la xenofobia y el odio al que se señala de extraño se apoderan de los discursos y las acciones de quienes sostienen el estúpido estandarte de la única verdad.  Aquí y allende las fronteras.  Los días de las persecuciones jamás se agotaron, pero no son un estado natural.  Para nadie.

Son 90 años que a pesar de todo se merecen celebrar.  Por la memoria de los que migraron, llegaron y ya no están.  Por el deseo de quien escribe y está.

Por el barco que trajo a la Argentina a mis abuelos polacos, por el que trajo a mi abuelo libanés, por el avión que se llevó a mi hermana a los Estados Unidos, por los navíos en los que quizás se embarcarán, otra vez errantes, mis hijas o los hijos de mis hijas, por mi argentinidad y mis contradicciones, por mantener la identidad en la diáspora, por el navío de los inmigrantes brindo. -  Pasaje tomado del cuento con tintes autobiográficos "El navío de los inmigrantes", de Ana María Shua, escritora judeo-argentina. (Gracias a Sandra Lorenzano, que sin saberlo, me regaló esta pista).





jueves, 18 de diciembre de 2014